lunes, 6 de mayo de 2013

Ante el suicidio de un ser querido: no juzgar, sólo acompañar


¿Qué se le dice a unos padres cuyo hijo se ha suicidado? ¿Se habla de ellos, se evita el tema?
 06 may 2013. Aleteia.   Alvaro Real


Puede ser un amigo, un hijo… alguien cerca de ti decide quitarse la vida, por la razón que sea. Es una experiencia terrible. Uno se siente culpable: ¿cómo pudo llegar a hacer esto? ¿yo podía haberlo evitado? ¿mi cariño no era suficiente para ayudarle a vivir? ¿Dios no podía haberlo evitado?

El Centro de Escucha San Camilo, que lleva la congregación de religiosos camilos, ha prestado atención psicológica ya a más de 36 personas por la pérdida por suicidio de un ser querido. Aleteia ha querido hablar con Marisa Magaña Loarte, directora de este Centro de Escucha para intentar entender estas muertes y saber cómo actuar ante ellas.

“Al final sí hay un porqué pero no suele ser el que se busca”, explica Marisa Magaña. ¿Qué respuesta hay ante este sufrimiento? No se puede minimizar. No se debe juzgar. Sólo cabe acompañar.

Aleteia: La mente humana no está preparada para vivir un suicidio entre sus seres queridos. ¿Qué es lo primero que se puede hacer? ¿Cómo ayudar en esos casos?

Efectivamente, aunque se sepa que un ser querido tiene riesgo de suicidio, cuando se convierte en una realidad, los supervivientes (así se designa a los familiares de una persona que muere por suicidio) entran en un estado de sufrimiento profundo. No hemos de olvidar que en el suicidio se unen dos duelos, uno por la propia muerte en sí y otro por la forma de morir.

Siempre que se pueda, en primer término es importante entender, como ayudantes, que es un error intentar “amortiguar” su dolor con frases típicas de consuelo o reprimiendo la expresión de su sufrimiento. Facilitar que “saquen” que “drenen” lo que están sintiendo por el hecho tan doloroso que ha ocurrido, no desdramatizarlo, no quitarle dureza, ni un ápice. “Amortiguar” el dolor sólo transmitiría incomprensión, lo que ha ocurrido es emocionalmente muy duro y así ha de ser acompañado.

Acoger sin entrar en argumentos ni explicaciones, el doliente “no está” para escuchar razonamientos. Sí necesita, sin embargo, ser acogido y validado en su rabia, vergüenza, culpa, etc., sea lo que sea lo que esté sintiendo es válido porque es suyo, no hay otra opción de acogida que la acogida total. 

Son muchas las preguntas que uno se hace ante la muerte. Cuando esta sucede por un suicidio, uno multiplica los porqués… ¿Hay respuesta al porqué tras un suicidio? ¿Merece la pena darle vueltas a esa pregunta?

Es verdad, el “porqué” en el ser humano siempre está unido a aquello que le hace sufrir y es inevitable, por eso suele ir de la mano de la muerte de un ser querido.

Ante una muerte por suicidio, los porqués, junto con el sentimiento de culpa, son las dos grandes complicaciones para elaborar el duelo, porque existe el riesgo de “quedarse enganchado” y entrar en una especie de bucle que no te deja avanzar en esa reconstrucción de significados que es el proceso de duelo.

La persona que se “engancha” emocionalmente al porqué del suicidio, está manifestando que no asimila lo ocurrido, que es tan horrible, que no puede ser verdad, que se niega a que sea verdad.

El porqué busca exculparse como padre, madre, pareja, etc., el superviviente quiere tener certeza de que él no pudo hacer nada por evitarlo, que es una buena madre, padre.

A veces ese porqué busca todo lo contrario, busca encontrar la causa concreta para así fantasear con la idea de que se pudo evitar. Es una forma de control de no sentirse tan vulnerable ante la muerte.

Como se ve, un porqué puede esconder muchos sentimientos, funcionan como “distractores emocionales” para no caer en la tristeza profunda que trae la asimilación de la muerte y sin embargo es adonde hay que conducirlos porque es la única manera  de ir reconstruyendo, sanando.

Ante este tipo de preguntas mi propuesta a los escuchas (así se llaman los voluntarios del Centro de Escucha) va incondicionalmente por la acogida del sentimiento de trasfondo como algo legitimo para después empezar a “desarmar” el porqué, pero eso ya es otro tema.

Al final sí hay un porqué pero no suele ser el que se busca, en la mayoría de los casos es porque el fallecido quiso que así fuera, decidió dejar fuera a los familiares, por protección, por la propia confusión de la enfermedad, etc. El hecho es que así lo quiso, es duro de asumir.

¿Los problemas y las crisis económicas como la actual multiplican los suicidios?

Si dijera que sí estaría haciendo una interpretación errónea de una realidad. Los problemas y las crisis económicas lo que sí hacen es “sacar a la luz  lo que hay dentro”. No todas las personas somos susceptibles de suicidarnos, el riesgo de hacerlo o no va a depender en gran medida de nuestra estructura de personalidad, de la capacidad de afrontamiento de situaciones críticas, dramáticas.

Ante una misma realidad cada persona reaccionamos de manera diferente en función de las estrategias de afrontamiento que tenemos, por dramáticas que se perciban las situaciones hay personas que nunca llegarán a suicidarse, otras por el contrario se sienten sobrepasadas. Para estas cada día de vida así sentida es puro sufrimiento y valoran el suicidio como única vía posible ante tanto dolor, como una liberación.

Otra de las grandes preguntas es: ¿pude haberlo evitado? ¿Se puede prever o prevenir un suicidio?

Efectivamente, como comentaba anteriormente es uno de los grandes interrogantes de los supervivientes. La tendencia de estos es a pensar que sí, de ahí su sentimiento de culpa, sin embargo la experiencia nos dice que en la mayoría de los casos es enormemente difícil evitarlo, en muchos ocasiones  porque es el propio protagonista del suicidio el que quiere que sea así.

A lo largo de estos 16 años de atención en el Centro de Escucha San Camilo son muchas las personas que solicitan ayuda por tener ideaciones suicidas o con intentos fallidos de suicidio. La gran mayoría de ellas padecen algún tipo de trastorno: psicótico, depresivo, de alimentación, de la personalidad, etc. Es cierto que muchos de ellos están medicados y sus familiares en alerta permanente. Los familiares podrán evitarlo hoy, mañana, pasado, pero el riego es continuo, sigue ahí un día tras otro. Hemos atendido casos en los que incluso una mujer dormía atada de la muñeca a su hija, con trastorno límite de personalidad; un día volviendo de una consulta médica, la joven dio un gran empujón a la madre y se lanzó a la carretera cuando pasaba un autobús. Hay muchos casos con características similares. 

Por eso yo les suelo decir a los supervivientes cuyos familiares estaban enfermos y se han suicidado, que no eran ellos, no era su hijo, su esposa…fue la enfermedad. El deseo de muerte es un síntoma de muchas enfermedades y no es justo ni para el doliente ni para el fallecido ser juzgado por el acto cometido, consecuencia de su trastorno.

Cuando no hay enfermedad aparente es algo más complicado porque a los familiares les cuesta “digerir” que alguien que se supone que les quería haya hecho algo que les haya provocado tanto daño. Como comenté anteriormente, él decidió que los demás quedasen fuera para lo que crean barreras infranqueables. Prácticamente hay que tener dotes adivinatorias para intuirlo.
Con respecto al cariño, cuando les preguntamos a las personas que han tenido intentos fallidos de suicidio la respuesta suele ser muy similar; “Llorarían cuatro días pero luego estarían mucho mejor sin mi”. “No soy más que un estorbo, un lastre, a la larga les haría un favor por no tener que cargar con un hijo así”

De la misma manera, cuando alguien sufre de una manera tan intensa, su capacidad para que el cariño o la compasión por sus seres queridos le enganche a la vida es mínima, más bien al contrario es una causa más. Todo se ve desde un prisma muy sesgado por la desesperanza.

Ante las tragedias es muy humano el preguntarse ¿Y Dios donde estaba en estos momentos? ¿Hay alguna respuesta desde el punto de vista de la fe a un suicidio?

No tengo respuesta porque desde mi punto de vista tampoco habría de haber pregunta. Como ya comenté el suicidio es un síntoma de que algo no va bien, por tanto preguntarse porque hay suicidio es tanto como preguntarse por qué existe la enfermedad o las catástrofes naturales. Yo pienso que existe porque existe el hombre, forma parte del vivir, del estar en el mundo. Según yo lo entiendo Dios crea y da libertad, no esclaviza al hombre siendo el dueño de sus circunstancias. Pensar en un dios justiciero o como dice muy bien un amigo mío, “injusticiero” que castiga y premia a su antojo creo que forma parte de una interpretación errónea del cristianismo que ha hecho y sigue haciendo mucho daño.

Considero que una religión saludable es aquella  que entiende el suicidio como una forma más de muerte  y se ocupa más del sufrimiento que pueda estar teniendo esos familiares por la pérdida que han sufrido, que de estigmatizar la forma de morir.

Lo que sí es cierto es que en términos generales, la fe es un plus que ayuda en la mayoría de las ocasiones a vivir mejor el duelo.

Cuando uno ha vivido un suicidio cerca, en su familia o amistades, puede tener la tentación de intentar olvidarlo o, cuando menos evitar hablar de ello, abordarlo como si se tratara de un accidente. ¿Es bueno verbalizar los sentimientos tras el suicidio de un familiar?

Es necesario para poder asimilarlo.

Es necesario partir del hecho de que cuando un ser querido fallece por suicidio, los supervivientes, padres, hermanos, hijos, etc., aprenden a vivir con ello, lo que ha ocurrido resignifica su forma de estar en el mundo. Yo suelo compararlo con una enfermedad física, para que se entienda mejor, como la diabetes por ejemplo, cuando alguien tiene diabetes y requiere una serie de cuidados, pueden aprender a vivir con su enfermedad y manejarla lo mejor posible para poder seguir con su vida, pero ahí está y limita y define, esto también.

Expresar el sentimiento que provoca el suicidio ayuda a huir de la racionalización, favorece la abreacción emocional, data de   coherencia y  da sentido interno.

Especialmente en muertes tan increpadas como ésta donde hay tanta opacidad, en la cual los supervivientes perciben lo incomoda que resulta su presencia entre los amigos porque ¿qué se le dice a unos padres cuyo hijo se ha suicidado? ¿Se habla de ellos, se evita el tema? Hay mucho miedo y mucha falta de conocimiento sobre este asunto, seguramente una cosa lleve a la otra, lo más fácil es evitar. Por eso es tan importante que alguien que ha perdido un ser querido por suicidio también tenga “su sitio”.

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