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domingo, 9 de junio de 2013

Era un niño musulmán, soñó con Jesús, se hizo cura católico y casi lo fusilan los islamistas

P.J. Ginés / ReL09 de Junio de 2013
Esta es la historia de Bashir Abdelsamad, que empieza en su infancia, en los años 60, en Sudán del Norte, un niño musulmán como tantos otros que iba a la escuela y se aprendía el Corán

"El clérigo islámico que nos daba clase nos explicó que Dios nos permitía a nosotros, los musulmanes, matar a los cristianos y los ateos, los que no creen en el Corán", recuerda Bashir. 

- ¿Por qué creó Dios, que es misericordioso, a esas personas, si no les ama? -preguntó el niño en clase.El profesor le castigó duramente delante de todos por hacer preguntas incómodas. Pero él, con 10 años, tenía claro que Dios no podía ser así.

El niño musulmán que vio a Jesús
"Esa noche, tuve una visión de Jesús", explica Bashir, casi 50 años después. "Jesús se me apareció con dos libros en sus manos: en la derecha tenía la Biblia; en la izquierda tenía el Corán. Me pidió que escogiera qué libro era el correcto. Cuando elegí la Biblia, desapareció".

Esa es la visión sobre la que Bashir edificó su vida en un entorno hostil a la fe cristiana. Él dice que ni siquiera había visto nunca entonces una imagen de Jesús, algo perfectamente lógico en el Sudán del Norte de los años 60. Pero cuando un tiempo después vio una iglesia católica en su país, con imágenes de Jesús, lo reconoció. Era el hombre de su visión.

Estudiando con los combonianos

Hasta la educación secundaria, en un instituto de los Misioneros Combonianos, Bashir no tuvo ninguna oportunidad de conocer nada más de Jesús y el cristianismo. Creció durante la primera guerra civil sudanesa (1955 a 1972) y después viviría la guerra del gobierno islámico del norte contra los independentistas cristianos y animistas del sur (de 1983 a 2005).

En el instituto de los combonianos pudo conocer la fe, estudiar la Biblia y convencerse: esa era la verdad. Nadie quería bautizarle, los sacerdotes temían represalias del gobierno islámico, pero el joven insistió tanto que al final recibió el bautismo. A su familia no le molestó, excepto por las posibles represalias si se supiera. Pero Bashir lo tenía ya claro: quería ser sacerdote.

Primero probó en el noviciado comboniano, pero solía caer enfermo y la salud es muy importante para los misioneros. Después estudió en un seminario de su diócesis, y fue ordenado como sacerdote diocesano. 

Con los refugiados en las montañas
Fue entonces cuando su obispo lo envió a ayudar a los refugiados de los Montes Nuba en Sudán central, gente desplazada por la guerra y muy maltratada por los islamistas del norte y las fuerzas gubernamentales. "Yo los organizaba, les ayudaba en necesidades básicas como comida, medicinas, mantas y alojamiento", recuerda. 

Pero eso no gustaba a las tropas norteñas que recorrían los Montes Nuba. Quien ayudase a los refugiados, quien no fuese musulmán, era sospechoso de simpatizar con el enemigo. Dos veces detuvieron a Bashir y le interrogaron, acusándolo de colaborar con los rebeldes del sur. La tercera vez que le arrestaron, en 1991, decidieron ya fusilarle, y lo juntaron con otras 8 personas para ejecutar.

"Me llevaron a unos barracones militares y me metieron en una celda pequeña un tiempo. Después, nos juntaron para fusilarnos. Éramos nueve. Sólo yo fui rescatado", apunta.

Se salvó porque otro sacerdote consiguió encontrar a un comandante amigo de Bashir y llegaron corriendo al pelotón de fusilamiento... Los otros ocho condenados ya habían sido ejecutados. Bashir se salvó por muy poco. 

Camino del exilio
Su amigo comandante le recomendó dejar el país. Y lo hizo: primero huyó a El Cairo, luego a Kenia, después a Sudán del Sur. Allí volvió a atender a refugiados, pero al caer enfermo el obispo lo envió a recuperarse a Nairobi. Y de allí, a estudiar en la universidad jesuita de Xavier, en Ohio, EEUU, donde llegó en 1994. Acabados los estudios, no pudo volver a Sudán hasta mucho después, avisado de que aún le buscaban. 

Tardó 21 años en volver a su tierra, en ver a sus parientes. "Mi familia me aconsejaba no caminar solo en público, pero les dije que si me matan, mi muerte valdrá la pena, porque alguien que ama su país y muere hace que la gente aprenda de esa muerte", declaró en la revista de Xavier University. "Cuando me arrestaron para matarme, estaba feliz de morir sabiendo que no podrían quitar mi espíritu".

Hoy Bashir sigue en Estados Unidos, como vicario en varias parroquias de la diócesis de Sioux City, y atiendiendo también inmigrantes sudaneses en Norteamérica. "La Biblia, mi libro preferido, siempre está conmigo, y el Rosario también. Creo que Dios tiene planes para mí, aquí, o en cualquier otro sitio", comenta el padre Bashir Abdelsamad. 

martes, 7 de mayo de 2013

Beata María de San José (Laura Alvarado Cardozo)


«La niña del Cristo»

Por Isabel Orellana Vilches
MADRID, 07 de mayo de 2013 (Zenit.org) - «Quiero ser santa, pero santa de verdad». Fue el cumplido anhelo de Laura Evangelista. Su madre Margarita contribuyó en este empeño infundiéndole el amor a Cristo y a la Eucaristía. Con este legado cooperaba en una admirable labor que haría célebre en la tierra a su querida hija. Luego ella, con su entrega, se hizo receptora de una eterna morada en el cielo.
Nació en Choroní, Aragua, Venezuela el 25 de abril de 1875. Fue la mayor de cuatro hermanos. Formaron parte de su infancia piedad, inocencia evangélica, espíritu de servicio y entrañas de misericordia por los desfavorecidos. También un amor a la verdad que nunca traicionó encarnando lo consignado por Cristo: «decid sencillamente sí o no; todo lo que pasa de esto viene del maligno» (Mt 5, 37). Vivió en Turmero y desde los 5 años en Maracay. Poseía inteligencia y una excepcional memoria. Aprendió a leer a corta edad y aprovechó los medios que sus padres pusieron a su alcance para que recibiese una esmerada educación que la liberó del analfabetismo imperante en la época. Huía de la vanidad y de intereses mundanos. Y sentía especial deleite al visitar a los enfermos junto a su madre, compartiendo con ella sus obras de misericordia. Su entretenimiento era construir altares con los recortes sobrantes de madera de la carpintería paterna, algo que hacía a escondidas. Y su confesada pasión: «En la Eucaristía está mi tesoro y allí está mi corazón». A los 13 años decidió consagrarse, aunque sus padres pensaban en un matrimonio. El 16 de julio de 1888 mientras rezaba en la iglesia de Maracay: «Me inspiró el dulce Jesús del tabernáculo preguntarle: ¿Y no puedo unirme a ti (en matrimonio), como las demás mujeres a los hombres?».La respuesta afirmativa se abrió paso dentro de sí con potente fulgor. Y el 8 de diciembre de ese año, con la anuencia del párroco Antonio Ferrer, pronunció voto privado de virginidad, se desprendió de lo que consideraba superfluo y pendió sobre su cuello la cruz que le hizo acreedora del nombre «La niña del Cristo». Además, creó en su casa una especie de escuela para los pequeños a los que impartía catequesis, acción que extendió después a los jóvenes de la parroquia. Sus padres y familiares apoyaron la iniciativa.
Dio los primeros pasos en la vida religiosa conducida por el sacerdote Vicente López Aveledo. Primeramente colaboró con las necesidades de la parroquia ocupándose de los ornamentos religiosos, hasta que el 8 de diciembre de 1893 este intrépido apóstol fundó la Sociedad de las Hijas de María en la que se integró. Él acompañó a la beata en su proceso de discernimiento vocacional una vez que supo de su intención de ingresar en clausura. Era una decisión difícil de materializar porque el gobierno de turno había suprimido conventos y seminarios. Para cumplir su sueño ella debía viajar a otros países. España o la isla de Trinidad eran los seguros. Pasó un periodo de reflexión y oración fortaleciendo su afán de consagrarse plenamente sin atender a presiones de una hermana que intentó disuadirla. En ese tiempo se desató una virulenta epidemia de viruela y sumó sus fuerzas a las del P. Vicente que se desvivía por los damnificados. Él tuvo la brillante idea de habilitar un espacio para asistir a los afectados, que fue origen del primer hospital de la ciudad. En noviembre de 1893 Laura pasó a formar parte de la directiva del centro puesto bajo la advocación de san José. Entregada por completo a esta caritativa labor, únicamente regresaba al domicilio de sus padres para descansar. Fue el inicio de la línea apostólica que marcaría su vida: la atención hospitalaria.
Dios nos pone al lado de las personas que precisamos para conquistar la santidad. Algunas de trato áspero se convierten, quizá inconscientemente, en peldaños que conducen a ella. Durante un tiempo Laura vivió esa experiencia con Antonia del Castillo, que rigió el hospital. «Misia Antonia» le hizo sufrir, pero no dejó de amarla en Cristo. Antepuso humildad y obediencia guardando silencio ante los despropósitos y pruebas diversas a las que era sometida. Sin embargo, enfermó gravemente y Antonia recapacitó. Pidió traslado a otro lugar en cumplimiento de una promesa hecha para que Laura sanase, y efectivamente se recuperó. Después la beata diría: «Ella fue mi maestra, mi gran maestra». En 1899 asumió la dirección del hospital. A finales de año atravesó una crisis espiritual en medio de la cual sintió una fuerte convicción que provenía de lo alto: «mi gracia te basta». Luego escribió esta nota: «!Ah, Señor, habéis aceptado mi sacrificio! Bendito seas». Al parecer su ofrenda fue motivada por la salvación de su padre que le preocupaba. A los pocos días éste sufrió una congestión cerebral, y ella prometió ayuno perpetuo a la Virgen de las Mercedes si le concedía esa gracia. Antes de expirar, su progenitor pudo confesarse y regular su situación personal, ya que no estaba legalmente casado. Laura cumplió estrictamente su compromiso durante diez años hasta que fue eximida de él por su confesor. En 1901 junto al P. López fundó las Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús. Profesó en 1903 y fue designada superiora general. Maracaibo, Ciudad Bolívar, Caracas, Coro, entre otras ciudades, fueron escenarios de su extraordinaria labor en los hospitales y en cuarteles. En ellos cuidó a los enfermos prodigándoles su ternura. En 1905 llena de fe fundó el asilo «Inmaculada Concepción» de Maracay, aunque el P. López tenía dudas de su viabilidad. En los hogares dispuso lo preciso para preservar a los niños de los peligros que les acechaban dándoles una buena formación. Llevada por su amor a la Eucaristía obtuvo licencia eclesiástica para tenerla en cada una de las casas que abría; ello prevalecía por encima de toda carencia: «¡Un sagrario más! Ya las penas y pobrezas serán aliviadas con la dulce presencia del Dios de nuestros altares, la por siempre amada, la adorable Eucaristía». Murió en Maracay el 2 de abril de 1967. Juan Pablo II la beatificó el 7 de mayo de 1995.