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sábado, 8 de junio de 2013

Bordeó el ateísmo, fue pentecostal... y volvió a la Iglesia católica en una eucaristía especial

Sara Martín. Religión en Libertad. 8 de Junio de 2013

 “¿Los judíos creen en Jesús?”. Una “absurda pregunta” como ésta fue la chispa necesaria para despertar en Shane a los 13 años una profunda crisis de fe. 

Había acudido a visitar una sinagoga como parte de su programa de estudios en el colegio. La pregunta la formuló un compañero de clase al rabino, y al profesor de Religión se le salieron los ojos de las órbitas. Sin embargo, este hecho y la respuesta del rabino desencadenaron una serie de pensamientos que cambiaron por completo la vida y la perspectiva de Shane. 

“Crecer en una familia cristiana y asistir a una escuela católica no me dio nunca muchas oportunidades de ponerme en contacto con otros sistemas de creencias”, comienza, “me di cuenta de que yo nunca había conocido a alguien que no creyera en Jesús o al menos basara su vida en un sistema de creencias que lo incluyera de una u otra manera”.  «»

Así que, admite, “la pregunta de mi compañero realmente no era tan estúpida después de todo”. 

"Cuanto más leía, más preguntas"
Los padres, de educación y vida católica, recibieron esa noche un aluvión de preguntas de Shane: ¿Por qué creéis en Jesús? ¿Cómo sabéis que era el Mesías? Si Él era el Mesías, ¿por qué creemos que es Dios también? ¿Cómo podéis estar tan seguros? 

“Es una cuestión de fe, Shane”, le respondieron. “No es algo que se puede probar absolutamente, es algo que sabes en tu corazón”. 

Hermoso y sincero, reconoce Shane ... pero de ninguna ayuda para él. 

Así que, en las siguientes semanas, Shane devoró la World Book Encyclopedia que estaba en su casa, leyendo todo lo posible sobre cristianismo y judaísmo.

También amplió su curiosidad al hinduísmo, el budismo y el islam. 

Pasaba horas en la sección de Filosofía de la biblioteca local buscando autores “con autoridad”. Pero pronto se dio cuenta de las lagunas que existían entre ellos: mientras unos defendían la reencarnación, otros se reafirmaban en la resurrección; mientras unos hablaban de la gracia, otros abogaban por el karma; y así un largo etcétera. 

“Cuanto más leía, más preguntas tenía para mis padres", recuerda. 

Buscando la verdad
"Cuanto más buscaba respuestas, más me daba cuenta de lo importante que era encontrarlas. O Dios nos ha dado reglas para vivir, o no lo ha hecho. O las decisiones que tomamos tienen consecuencias eternas, o no las tienen. O el cristianismo era cierto, o millones de personas estaban perdiendo el domingo por la mañana. Si Dios era el Creador y Juez de todos, quería saber lo que deseaba de mí”, explica.

En poco tiempo, Shane pasó de cuestionarse cuál era la religión verdadera a preguntarse cómo podía estar seguro siquiera de que había un Dios. 

La opción le parecía posible. Pero lo único que podía ver es que una vida fuera de Él significaba soledad y vacío: “Necesitaba saber si había un Dios que me amaba. Sólo quería saber si podía contar con ser amado. Si tuviera eso, estaría dispuesto a hacer lo que Él me pidiera sin importarme que la gente pensase que era un fanático religioso”

Dos pasos hacia delante, uno hacia atrás
Un día, Shane pasó por la cocina y decidió, una vez más, poner a su padre contra las cuerdas: “Papá, dime una vez más por qué crees en Jesucristo”, le dijo. “Shane, Jesús te ama tanto que llora por ti. Te quiere, pero tú no quieres volver a Él”, le dijo con el rostro entristecido. 

Y en ese momento Shane pudo ver en el rostro de su padre al mismísmo Jesucristo, llorando por Él. “Me eché a llorar. Sucedió en un instante, fue como un flash en mi mente”, explica. 

“No era la clase de evidencia que había estado buscando -objetiva, verificable, libre de emociones- y sin embargo era personalmente innegable. Han pasado más de veinte años desde ese día y sigo sintiendo las repercusiones”, admite.

Desde ese momento, Shane tuvo el convencimiento de que Jesús de Nazaret estaba vivo, corporal y espiritualmente vivo, y que le amaba. 

Con evangélicos y pentecostales
Su hambre de conocer se hizo aún mayor y empezó a leer libros de Billy Graham, fundador de una escuela evangélica, y de Hal Lindsey. “Lindsey me convenció de que la Iglesia católica había malinterpretado seriamente el modo en que Jesucristo nos salva”, explica. 

En pocos meses Shane estaba acudiendo a reuniones con los Pentecostales, fascinado por su energía y su carisma, por la música y el ambiente. 

“¡La falta de inhibición que las personas sentían al regocijarse ante Dios era tan diferente de mi experiencia de la misa católica hasta ese momento! Veía a los católicos atrapados en lo externo: confesión, la Virgen María, el Papa... Me parecían obstáculos directos para la relación con Dios. En la iglesia pentecostal a la que acudía no había normas ni obligaciones, ni siquiera no acudir a Misa era un pecado, para ellos la Biblia debía ser interpretada literalmente”. 

Sin embargo, Shane también encontró una gran inconsistencia en esta iglesia: “La única doctrina católica que nunca dudé fue la presencia de Jesús en la Eucaristía. Me sorprendió que esta iglesia pentecostal no confesional, tan literal en su interpretación de otros pasajes de la Biblia, se se mostrara inconsistente en éste: Éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre”.

La primera Eucaristía real
Un viernes Shane fue, como tantos otros, a una Eucaristía católica. Sin embargo, ese día sucedió algo especial en la comunión. Sintió verdaderamente, y no sólo intelectualmente, que Jesús venía a él. 

“Esta venida de Jesús es parte de la realidad de la Eucaristía, nunca lo había experimentado así”. A partir de este momento Shane se confirmó, fue aceptando una tras otra las verdades que proclama la Iglesia católica, se casó y hoy es padre de dos hijos. 

“Lo que mi propia experiencia me ha enseñado es que en realidad no hay un conflicto entre la fe del credo o dogma y una relación viva con Dios. Donde está la Iglesia allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, la Iglesia y toda gracia”. 

Shane Kapler cuenta su experiencia en el blog justacatholic.blogspot.com y además es autor de The God Who is Love: Explaining Christianity From Its Center (El Dios que es Amor: Explicar el cristianismo desde su centro). 

miércoles, 5 de junio de 2013

Cecilia Perrín, embarazada con cáncer, rechazó el aborto y salvó a su hija Agustina

Fernando de Navascués / ReL
Estos días en los que se comenta el caso duro de los embarazos de "Beatriz", en El Salvador, muchos recuerdan la figura de la argentina Cecilia Perrín, que se casó hace 30 años, y apenas unos meses después se encontró embarazada y con un cáncer de lengua. 

Los médicos fueron claros: “Hay que hacer un aborto terapéutico”. Ceci también lo tenía claro: ofrecería su vida por la de su hija María Agustina. Se puso en manos de Dios. Su hija nació en julio del 1984 en Buenos Aires, y ocho meses después Cecilia murió: nació en el Cielo. Hoy está en proceso de canonización.

Cecilia era focolarina
Cecilia Perrín vino al mundo el 22 de febrero del año 1957 en Punta Alta, Buenos Aires. Su familia era profundamente católica y en ellos caló enseguida el espíritu del Movimiento de los Focolares, fundado por la italiana Chiara Lubich. 

Sus padres, Angelita y Manolo, que pertenecían a esta asociación, le hicieron partícipe de una intensa formación cristiana que habría de apoyarle en los momentos más difíciles de su enfermedad. Eran cinco hermanos y su vida estaba muy unida a la parroquia de María Auxiliadora, en donde se bautizó, recibió la Primera Comunión y se confirmó. 

Antes de casarse, Cecilia trabajaba en el Instituto Estrada, en donde también impartía catequesis. Los recuerdos que tienen sus antiguos compañeros y amigos es que Cecilia era una chica normal, alegre, que vestía a la moda y que también transmitía un profundo amor a Jesucristo, a quien predicaba con la palabra y con el ejemplo.

Tras dos años de noviazgo, se casó con Luis Buide el 20 de mayo de 1983, ahora hace 30 años. Cuentan que fue tanta gente a su boda que hubo que cortar el tráfico porque sus amigos ocupaban totalmente la acera y la calzada.

Los médicos le dijeron que abortara

  En febrero del 1984, cuando ya llevaba cuatro meses de embarazo, descubrió una pequeña llaga en la boca. 

Los médicos estudiaron su caso y apenas se atrevían a confesar la enfermedad a la que se enfrentaba: tenía cáncer. Éste era irreversible y el tratamiento chocaba frontalmente con su ilusión de ser madre. Los médicos le ofrecieron hacer un “aborto terapéutico”, pero ella pronunció su “Fiat” a Dios con serenidad y apoyada por su familia y, sobre todo, por su marido. 

La misma Cecilia lo afirma: “Hoy le pude decir a Jesús que ‘sí’. Que creo en su amor más allá de todo, y que todo es Amor de Él. Que me entrego a Él”.

Dada su decisión de proseguir con el embarazo, los médicos apenas tenían unas pocas posibilidades y oportunidades de maniobra. 

En primer lugar le propusieron practicar una operación bastante delicada en la mandíbula. Tenía inconvenientes, como el tener que alimentarse durante tres meses por sonda, lo que suponía un posible grave problema para el bebé. 

Como la cosa no estaba nada clara, Cecilia no quiso arriesgar a su hija. Con todo, los médicos intentaron un “arreglo” que, lamentablemente, no paró el desarrollo del tumor.

“Sí, Jesús, te doy todo”

  Finalmente, Agustina nació en julio de 1984 y, poco después, Cecilia se sometió a una nueva intervención. Sin embargo, no pudieron hacer mucho, pues el cáncer estaba más avanzado de lo que pensaban. Con todo, Cecilia sólo tenía en su corazón a su marido y a su hija, además de a Dios, quién le hacía descubrir paz y felicidad en donde los demás sólo veían un fracaso. 

En una carta de Cecilia al Arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Mayer confiesa: “Hace días sentía de darle todo a Jesús pero con la voluntad y el pensamiento, no con el sentimiento, no podía de esta forma decirle SI, porque me invadía un gran temor que me lo impedía. El otro día en el quirófano estando sola antes de que me durmieran pude decirle sintiéndolo: Sí, Jesús, te doy todo. Cuando desperté sentía una gran tranquilidad pese a que lo que me dijeron era bastante desalentador”.

Estos últimos meses de su vida no fueron una triste y lastimosa cuesta abajo que habría de concluir en la muerte. No, al contrario, fue una subida al Calvario lleno de sentido y de amor a quienes le rodeaban y por quienes ofreció cuanto tenía: “Señor quiero ser como Vos quieras que sea; tener la personalidad que desees, ser ante el que está a mi lado como Vos quieras que sea. Tener la belleza que Vos quieras que tenga”.

"Donde me entierren, que sea alegre"
Así, el uno de marzo del 1985, antes de acabar el día, María Cecilia Perrín pasó a la casa del Padre. Apenas contaba con veintiocho años. Sus restos mortales descansan en la Mariápolis Lía, en O’Higgins, Buenos Aires. La Mariápolis Lía es un centro de espiritualidad, formación y de encuentro con Dios promovido por el Movimiento de los Focolares. 

Fue enterrada allí mismo por expreso deseo suyo, pues manifestó que el lugar a donde fueran a visitarla habría de ser un lugar alegre y de vida, y no triste y desolado.

María Cecilia Perrín de Buide escribió una historia mientras estaba pasando esos momentos tan difíciles. Esta historia representa cómo el dolor es una dura experiencia, pero a la vez alegre pues es el camino que da vida a su hija Agustina; a la vez es la que le abre la puerta del cielo y le ofrece el encuentro con Dios, en el que se apoyó y del que obtuvo fuerzas para llevar una vida en donde la hermosura del alma es más grande que la hermosura de exterior.

Abierta la causa de canonización
Y así fue, pues su fama de santidad, la heroicidad de su entrega y las muchas gracias que fueron escuchadas y concedidas han hecho que comenzase su causa de beatificación diez años después, declarando a Cecilia como Sierva de Dios. Su causa continúa por buen camino.

martes, 7 de mayo de 2013

Beata María de San José (Laura Alvarado Cardozo)


«La niña del Cristo»

Por Isabel Orellana Vilches
MADRID, 07 de mayo de 2013 (Zenit.org) - «Quiero ser santa, pero santa de verdad». Fue el cumplido anhelo de Laura Evangelista. Su madre Margarita contribuyó en este empeño infundiéndole el amor a Cristo y a la Eucaristía. Con este legado cooperaba en una admirable labor que haría célebre en la tierra a su querida hija. Luego ella, con su entrega, se hizo receptora de una eterna morada en el cielo.
Nació en Choroní, Aragua, Venezuela el 25 de abril de 1875. Fue la mayor de cuatro hermanos. Formaron parte de su infancia piedad, inocencia evangélica, espíritu de servicio y entrañas de misericordia por los desfavorecidos. También un amor a la verdad que nunca traicionó encarnando lo consignado por Cristo: «decid sencillamente sí o no; todo lo que pasa de esto viene del maligno» (Mt 5, 37). Vivió en Turmero y desde los 5 años en Maracay. Poseía inteligencia y una excepcional memoria. Aprendió a leer a corta edad y aprovechó los medios que sus padres pusieron a su alcance para que recibiese una esmerada educación que la liberó del analfabetismo imperante en la época. Huía de la vanidad y de intereses mundanos. Y sentía especial deleite al visitar a los enfermos junto a su madre, compartiendo con ella sus obras de misericordia. Su entretenimiento era construir altares con los recortes sobrantes de madera de la carpintería paterna, algo que hacía a escondidas. Y su confesada pasión: «En la Eucaristía está mi tesoro y allí está mi corazón». A los 13 años decidió consagrarse, aunque sus padres pensaban en un matrimonio. El 16 de julio de 1888 mientras rezaba en la iglesia de Maracay: «Me inspiró el dulce Jesús del tabernáculo preguntarle: ¿Y no puedo unirme a ti (en matrimonio), como las demás mujeres a los hombres?».La respuesta afirmativa se abrió paso dentro de sí con potente fulgor. Y el 8 de diciembre de ese año, con la anuencia del párroco Antonio Ferrer, pronunció voto privado de virginidad, se desprendió de lo que consideraba superfluo y pendió sobre su cuello la cruz que le hizo acreedora del nombre «La niña del Cristo». Además, creó en su casa una especie de escuela para los pequeños a los que impartía catequesis, acción que extendió después a los jóvenes de la parroquia. Sus padres y familiares apoyaron la iniciativa.
Dio los primeros pasos en la vida religiosa conducida por el sacerdote Vicente López Aveledo. Primeramente colaboró con las necesidades de la parroquia ocupándose de los ornamentos religiosos, hasta que el 8 de diciembre de 1893 este intrépido apóstol fundó la Sociedad de las Hijas de María en la que se integró. Él acompañó a la beata en su proceso de discernimiento vocacional una vez que supo de su intención de ingresar en clausura. Era una decisión difícil de materializar porque el gobierno de turno había suprimido conventos y seminarios. Para cumplir su sueño ella debía viajar a otros países. España o la isla de Trinidad eran los seguros. Pasó un periodo de reflexión y oración fortaleciendo su afán de consagrarse plenamente sin atender a presiones de una hermana que intentó disuadirla. En ese tiempo se desató una virulenta epidemia de viruela y sumó sus fuerzas a las del P. Vicente que se desvivía por los damnificados. Él tuvo la brillante idea de habilitar un espacio para asistir a los afectados, que fue origen del primer hospital de la ciudad. En noviembre de 1893 Laura pasó a formar parte de la directiva del centro puesto bajo la advocación de san José. Entregada por completo a esta caritativa labor, únicamente regresaba al domicilio de sus padres para descansar. Fue el inicio de la línea apostólica que marcaría su vida: la atención hospitalaria.
Dios nos pone al lado de las personas que precisamos para conquistar la santidad. Algunas de trato áspero se convierten, quizá inconscientemente, en peldaños que conducen a ella. Durante un tiempo Laura vivió esa experiencia con Antonia del Castillo, que rigió el hospital. «Misia Antonia» le hizo sufrir, pero no dejó de amarla en Cristo. Antepuso humildad y obediencia guardando silencio ante los despropósitos y pruebas diversas a las que era sometida. Sin embargo, enfermó gravemente y Antonia recapacitó. Pidió traslado a otro lugar en cumplimiento de una promesa hecha para que Laura sanase, y efectivamente se recuperó. Después la beata diría: «Ella fue mi maestra, mi gran maestra». En 1899 asumió la dirección del hospital. A finales de año atravesó una crisis espiritual en medio de la cual sintió una fuerte convicción que provenía de lo alto: «mi gracia te basta». Luego escribió esta nota: «!Ah, Señor, habéis aceptado mi sacrificio! Bendito seas». Al parecer su ofrenda fue motivada por la salvación de su padre que le preocupaba. A los pocos días éste sufrió una congestión cerebral, y ella prometió ayuno perpetuo a la Virgen de las Mercedes si le concedía esa gracia. Antes de expirar, su progenitor pudo confesarse y regular su situación personal, ya que no estaba legalmente casado. Laura cumplió estrictamente su compromiso durante diez años hasta que fue eximida de él por su confesor. En 1901 junto al P. López fundó las Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús. Profesó en 1903 y fue designada superiora general. Maracaibo, Ciudad Bolívar, Caracas, Coro, entre otras ciudades, fueron escenarios de su extraordinaria labor en los hospitales y en cuarteles. En ellos cuidó a los enfermos prodigándoles su ternura. En 1905 llena de fe fundó el asilo «Inmaculada Concepción» de Maracay, aunque el P. López tenía dudas de su viabilidad. En los hogares dispuso lo preciso para preservar a los niños de los peligros que les acechaban dándoles una buena formación. Llevada por su amor a la Eucaristía obtuvo licencia eclesiástica para tenerla en cada una de las casas que abría; ello prevalecía por encima de toda carencia: «¡Un sagrario más! Ya las penas y pobrezas serán aliviadas con la dulce presencia del Dios de nuestros altares, la por siempre amada, la adorable Eucaristía». Murió en Maracay el 2 de abril de 1967. Juan Pablo II la beatificó el 7 de mayo de 1995.

lunes, 25 de marzo de 2013