lunes, 1 de abril de 2013

Contexto y significado de la Declaración «Dominus Iesus»


Card. Joseph Ratzinger
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Intervención durante la presentación de la Declaración «Dominus Iesus» sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de su Iglesia.

Es mi intención limitarme a describir brevemente el contexto y el significado de la Declaración Dominus Iesus, mientras que las intervenciones sucesivas ilustrarán los valores y la autoridad doctrinal del Documento, y sus contenidos específicos, cristológicos y eclesiológicos.

1. En el animado debate contemporáneo sobre la relación del Cristianismo y las otras religiones, se difunde cada vez más la idea que todas las religiones son para sus seguidores vías igualmente validas de salvación. Se trata de una opinión sumamente difundida no sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios de la opinión pública católica y no católica, especialmente aquella más influenciada por la orientación cultural hoy prevalente en Occidente, que se puede definir, sin temor de equivocarnos, con la palabra “relativismo”.

La así llamada teología del pluralismo religioso en realidad había sido ya afirmada gradualmente desde finales de los años cincuenta del s. XX, pero solamente hoy ha cobrado una importancia fundamental para la conciencia cristiana. Naturalmente, sus presentaciones son muy diversas y no sería justo querer igualar en un mismo sistema todas las posiciones teológicas que están relacionadas a esta teología del pluralismo religioso. La Declaración por tanto no se propone tampoco describir los trazos esenciales de tales tendencias teológicas ni mucho menos pretende encerrarlas en una única fórmula. Más bien, nuestro documento señala algunos presupuestos de naturaleza filosófica o teológica que están en la base de las diversas teologías del pluralismo religioso actualmente difundidas: la convicción de la inaprensibilidad y la inexpresabilidad completa de la verdad divina; la actitud relativista ante la verdad, por la cual aquello que es verdadero para algunos no lo sería para otros; la contraposición radical entre mentalidad lógica occidental y mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo exasperado de quien considera la razón como única fuente de conocimiento; el vaciamiento metafísico del misterio de la Encarnación; el eclecticismo de quien en la reflexión teológica asume categorías derivadas de otros sistemas filosóficos y religiosos, sin reparar ni en su coherencia interna ni en su incompatibilidad con la fe cristiana; la tendencia, en fin, a interpretar textos de la Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia (Cf. Declaración Dominus Iesus, n. 4).

¿Cuál es la consecuencia fundamental de este modo de pensar y sentir en relación al centro y al núcleo de la fe cristiana? Es el sustancial rechazo de la identificación de la singular figura histórica, Jesús de Nazaret, con la realidad misma de Dios, del Dios viviente. Aquello que es Absoluto, o más bien Aquel que es Absoluto, no puede darse nunca en la historia en una revelación plena y definitiva. En la historia se realizan solamente algunos modelos, algunas figuras ideales que nos remiten al Totalmente Otro, el cual, sin embargo, no se puede asir como tal en la historia. Algunos teólogos más moderados confiesan que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, pero sostienen que a causa de la limitación de la naturaleza humana de Jesús, la revelación de Dios en Él no puede ser considerada completa y definitiva, sino que siempre debe ser considerada en relación a otras posibles revelaciones de Dios expresadas en los genios religiosos de la humanidad y en los fundadores de las religiones del mundo. De esta manera, objetivamente hablando, se introduce la idea errada de que las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana. Es claro, por tanto, que tampoco la Iglesia, el dogma, los sacramentos pueden tener el valor de necesidad absoluta. Atribuir a estos medios finitos un carácter absoluto y considerarlos incluso como instrumentos de encuentro real con la verdad de Dios, universalmente válida, significaría colocar en un plano absoluto aquello que es particular y tergiversar la realidad infinita del Dios Totalmente Otro.

Con base en tales concepciones, afirmar que existe una verdad universal, vinculante y válida en la misma historia, que se cumple en la figura de Jesucristo y es transmitida por la fe de la Iglesia, es considerado una especie de fundamentalismo que constituiría un atentado contra el espíritu moderno y representaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad. El mismo concepto de diálogo asume un significado radicalmente diverso de aquel utilizado en el Concilio Vaticano II. El diálogo, o mejor, la ideología del diálogo, sustituye a la misión y a la urgencia del llamado a la conversión: el diálogo no es más el camino para descubrir la verdad, el proceso a través del cual se desvela al otro la profundidad escondida de aquello que él ha experimentado en su experiencia religiosa, y que espera ser completado y purificado en el encuentro con la revelación definitiva y completa de Dios en Jesucristo; el diálogo en las nuevas concepciones ideológicas, introducidas lamentablemente al interior del mundo católico y de ciertos ambientes teológicos y culturales, es más bien la esencia del "dogma" relativista y lo opuesto a la "conversión" y a la "misión". En un pensamiento relativista, diálogo significa poner en el mismo plano la propia posición o la propia fe y las convicciones de los otros, de manera que todo se reduce a un intercambio entre posiciones fundamentalmente iguales y por tanto relativas entre ellas, con el objetivo superior de alcanzar el máximo de colaboración y de integración entre las diversas concepciones religiosas.

La disolución de la cristología y por tanto de la eclesiología, a ella subordinada pero con ella inseparablemente unida, se convierte en la conclusión lógica de tal filosofía relativista, que paradójicamente se encuentra en la base tanto del pensamiento post-metafísico del Occidente como de la teología negativa del Asia. El resultado es que la figura de Jesucristo pierde su carácter de unicidad y de universalidad salvífica. El hecho de que el relativismo se presente como bandera del encuentro con las culturas, como la verdadera filosofía de la humanidad, en grado de garantizar la tolerancia y la democracia, conduce a marginar ulteriormente a quien se empeña en la defensa de la identidad cristiana y en su pretensión de difundir la verdad universal y salvífica de Jesucristo. En realidad la crítica a la pretensión de ser absoluta y definitiva la revelación de Jesucristo reivindicada por la fe cristiana, viene acompañada por un falso concepto de tolerancia. El principio de la tolerancia como expresión del respeto a la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión, defendido y promovido por el Concilio Vaticano II, y nuevamente propuesto por la Declaración, es una posición ética fundamental, presente en la esencia del Credo cristiano, puesto que se toma en serio la libertad de la decisión de fe. Pero este principio de tolerancia y respeto de la libertad es hoy manipulado e indebidamente sobrepasado cuando se lo extiende a la valoración de los contenidos, como si todos los contenidos de las diversas religiones e incluso de las concepciones irreligiosas de la vida fueran a ser puestas sobre el mismo plano, y no existiese más una verdad objetiva y universal, dado que Dios o el Absoluto se revelaría sobre innumerables nombres, siendo todos verdaderos. Esta falsa idea de tolerancia está unida con la pérdida y la renuncia a la cuestión de la verdad, que de hecho hoy es considerada por muchos como una cuestión irrelevante o de segundo orden. Salta así a la vista la debilidad intelectual de la cultura actual: llegando a faltar la pregunta por la verdad, la esencia de la religión ya no se distingue de su "no esencia", la fe no se distingue de la superstición, la experiencia de la ilusión. En fin, sin una seria pretensión de verdad, también la valoración de las otras religiones se convierte en un absurdo y una contradicción, dado que no se posee el criterio para constatar aquello que es positivo en una religión, distinguiéndolo de aquello que es negativo o fruto de la superstición y el engaño.

2. Con este propósito, la Declaración retoma la enseñanza de Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Missio: «Cuando el Espíritu obra en el corazón de los hombres y en la historia de los pueblos, en las culturas y las religiones, asume un rol de preparación evangélica» (RM, 29).

Este texto se refiere explícitamente a la acción del Espíritu no sólo «en el corazón de los hombres», sino también «en las religiones». Sin embargo, el contexto pone esta acción del Espíritu al interior del misterio de Cristo, del cual nunca puede ser separada; de otra forma las religiones son incorporadas a la historia y a las culturas de los pueblos, donde la mezcla entre bien y mal no puede nunca ser puesta en duda. Por lo tanto, no debe considerarse como “praeparatio” evangélica todo aquello que se encuentra en las religiones, sino sólo «cuanto el Espíritu obra» en ellas. De esto se sigue una consecuencia importantísima: el bien presente en las religiones es camino a la salvación, como obra del Espíritu de Cristo, pero no las religiones en cuanto tales. Esto es por lo demás confirmado por la misma doctrina del Vaticano II a propósito de las semillas de verdad y de bondad presentes en las otras religiones y culturas, expuesta en la Declaración conciliar Nostra Aetate:

«La Iglesia no rechaza nada de cuanto hay de verdadero y santo en estas religiones. Ella considera con sincero respeto aquellos modos de actuar y de vivir, aquellos preceptos y aquellas doctrinas que, aunque difieren en muchos puntos de cuanto ella misma cree y propone, sin embargo no raramente reflejan un rayo de aquella verdad que ilumina a todos los hombres» (NA, 2).

Todo aquello que de verdadero y bueno existe en las religiones no debe ser perdido, por el contrario es reconocido y valorizado. El bien y lo verdadero, donde sea que se encuentren, provienen del Padre y son obra del Espíritu; las semillas del Logos son esparcidas por doquier. Pero no se pueden cerrar los ojos a los errores y engaños que están también presentes en las religiones. La misma Constitución Dogmática Lumen Gentium del Vaticano II afirma: «Frecuentemente los hombres, engañados por el Maligno, desvarían en sus pensamientos, y terminan por cambiar la verdad divina por la mentira, sirviendo más a la creatura que al Creador» (LG, 16).

Es comprensible que en un mundo que crece cada vez más junto, también las religiones y las culturas se encuentren. Esto no conduce solamente a un acercamiento exterior de personas y religiones diversas, sino también a un aumento del interés por mundos religiosos desconocidos. En este sentido, en orden al mutuo conocimiento, es legítimo hablar de un mutuo enriquecimiento. Esto, sin embargo, nada tiene que ver con el abandono de la pretensión de la fe cristiana de haber recibido de Dios en Cristo el don de la revelación definitiva y completa del misterio de la salvación, y más bien se debe excluir aquella mentalidad indiferentista, marcada por un relativismo religioso que lleva a decir que "una religión vale lo mismo que otra" (RM, 36).

La estima y el respeto por las religiones del mundo, así como por las culturas que han dado un objetivo enriquecimiento a la promoción de la dignidad del hombre y al desarrollo de la civilización, no disminuye la originalidad y la unicidad de la revelación de Jesucristo y no limita en modo alguno la tarea misional de la Iglesia: «La Iglesia anuncia y está llamada a anunciar incesantemente a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,16) en el cual los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en el cual Dios ha reconciliado consigo todas las cosas» (Nostra Aetate, 2). Al mismo tiempo, estas simples palabras indican el motivo de la convicción que afirma que la plenitud, universalidad y cumplimiento de la revelación de Dios están presentes solamente en la fe cristiana. Tal motivo no reside en una presunta preferencia en relación a los miembros de la Iglesia, ni mucho menos en los resultados históricos obtenidos por la Iglesia en su peregrinar terreno, sino en el misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, presente en la Iglesia. La pretensión de unicidad y universalidad salvífica del Cristianismo proviene esencialmente del misterio de Jesucristo que continúa su presencia en la Iglesia, su Cuerpo y su Esposa. Por ello la Iglesia se siente llamada, constitutivamente, a la evangelización de los pueblos. Incluso en el contexto actual, marcado por la pluralidad de las religiones y las exigencias de libertad de decisión y de pensamiento, la Iglesia es consciente de ser llamada «a salvar y renovar a toda creatura, para que todas las cosas sean recapituladas en Cristo y los hombres constituyan en Él una sola familia y un solo pueblo» (Declaración Ad gentes, 1).

Reafirmando la verdad que la fe de la Iglesia siempre ha creído y tenido presente sobre estos argumentos, y salvaguardando a los fieles de errores o interpretaciones ambiguas actualmente difusas, la Declaración Dominus Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aprobada y confirmada "certa scientia" y "apostolica sua auctoritate" por el mismo Santo Padre, desarrolla una doble tarea: por un lado se presenta como un renovado testimonio autorizado para mostrar al mundo "el esplendor del glorioso evangelio de Cristo" (2Cor 4,4); por otro lado, indica como vinculante para todos los fieles la base doctrinal irrenunciable que debe guiar, inspirar y orientar tanto la reflexión teológica como la acción pastoral y misionera de todas las comunidades católicas esparcidas en el mundo.

Fuente: “Noticias Eclesiales” –Un servicio eclesial diario de Noticias de Vida Cristiana. www.eclesiales.org/